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"Dadme belleza del alma interior; y que el interior y el exterior sean uno solo”
Sócrates.
¿Por que le damos tanta importancia a la apariencia física? ¿Cuál es esa cualidad de la belleza que anhelamos tanto?. En términos antropológicos, el deseo de poseer belleza es primordial: deseamos ser bellos porque la belleza, citando a Ashley Montagu, dota al individuo que la posee de ciertos beneficios básicos para sobrevivir. Mucho antes de que el niño desarrolle los rudimentos del lenguaje y pueda concebir la belleza como una ideal cultural, sus sentidos perciben placer y dolor, alertando al cuerpo ante la calma o el peligro, el amigo o el enemigo, la armonía o la discordia. De la misma manera que en la infancia nos sentimos atraídos hacia una actitud agradable, nos calmamos con una caricia o una canción de cuna, así también nos perturbamos ante un contacto brusco o un ruido súbito y fuerte. De esta forma, únicamente a través de nuestra conciencia motriz y sensorial comenzamos a diferenciar, durante las primeras semanas de vida, las cualidades de la experiencia que más adelante llegamos a comprender en términos cognoscitivos como experiencias placenteras o temibles, buenas o malas, bellas o feas.
En efecto, en el diccionario se define la cualidad de la belleza como “propiedad de las cosas que nos hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual”. Su opuesto, la fealdad, se origina en una palabra que significa temible u horrible. Dicho de otro modo, aquello que nos amenaza y/o nos daña no es bello; literalmente molesta los sentidos, desencadenando una serie de reacciones neuroquímicas en señal de peligro, y estimula los mecanismos de autodefensa que se manifiestan a través del impulso de luchar o huir. Así mismo, aquello que es placentero a los sentidos –y, por tanto, hermoso- desencadena una respuesta neuroquímica completamente deferente que experimentamos en forma de una sensación de sosiego y bienestar. “Cualquier forma de belleza ejerce un efecto saludable sobre el organismo” afirma el Dr. Andrew Weil en sus estudios.
A través de los vehículos del placer y el dolor, es decir, a través del cuerpo y los sentidos, el recién nacido construye también los cimientos de su identidad. Mediante el proceso natural de ensayo y error, literalmente palpamos nuestro camino en medio de ese ambiente nuevo que nos rodea por fuera del útero materno, descubriendo al mismo tiempo que, dentro de ese universo aparentemente indiferenciado en el cual nacemos, existe en realidad un “yo”, y un “no yo” o un “otro”. Al percibir nuestra separación física comenzamos a desarrollar el ego y, con él, nuestras primeras relaciones, a través de las cuales aprendemos las primeras lecciones acerca de lo que valemos. Dependiendo de la medida de placer o dolor que esas primeras relaciones nos proporcionan, comenzamos a saber si somos amados y bellos o no.
Por consiguiente, la imagen que tenemos de nosotros mismos, ya sea que nos consideremos bellos o no, dignos de ser amados, esta relacionada inevitablemente no solo con el cuerpo sino, mas concretamente, con la piel, la cual constituye el límite físico de nuestra persona y brinda, a través del tacto, el modo primario de comunicación al nacer. Esta relación íntima entre la piel, los sentidos, las “sensaciones” y el “yo” constituye el fundamento de la belleza, puesto que nuestras emociones –lo que sentimos dentro y acerca de nosotros mismos- afectan directamente nuestra apariencia exterior.
Por lo tanto, nuestro anhelo de belleza, no es tan solo un legado de la indefensión condicionada de la mujer, como muchos han afirmado. Todo lo contrario, es un impulso innato y la expresión natural del yo dotado de poder a través del amor. Por consiguiente, Lambert opina que “la apariencia física no solamente importa sino que Debe importar”, y no tenemos por que disculparnos por cuidar de ella. “En efecto, la belleza me importa precisamente y sencillamente porque la belleza exterior es la expresión del yo interior, porque es la portadora de la identidad. Creo que tanto el adulto como el niño tienen la necesidad fundamental de ser amados en el cuerpo, y si lo negamos, negamos nuestra integridad, tanto en el hombre como en la mujer.
“El carmín refulgente que cubre las mejillas,
la chispa de fuego que ilumina los ojos,
la patina suave y brillante del cabello ondulado,
no son otra cosa que simples manifestaciones de salud”
Tantra
¿Cuál es la relación entre belleza y felicidad?
En la práctica, existen dos importantes fenómenos en juego. En primer lugar, la satisfacción subjetiva acerca de la propia apariencia física es un factor de bienestar, de intensidad moderada, pero con una influencia regular, que afectara, entre otras cosas, la autoestima (otro factor que actúa sobre el bienestar). Además, una apariencia física considerada agradable por el entorno puede proporcionar un cierto numero de atenciones y ventajas, injustas, pero cuya realidad viene demostrada por numerosos estudios: se tiende a suponer que los individuos físicamente agradables son más simpáticos, inteligentes y competentes que los demás, y a menudo se les concede un a priori favorable (que ellos deben confirmar...) ¿Serán por ello más felices?
No necesariamente, como subrayo Stendhal: “La belleza no es mas que la promesa de la felicidad”. Y la vida nos suele enseñar que son muchas las promesas incumplidas. Aunque la belleza objetiva pueda ser una ayuda para la felicidad, nunca es una garantía. La costumbre de apoyarse sobre la belleza propia y la capacidad de seducción para obtener reconocimiento, estima, o amor, puede hacer muy dolorosa la mordedura del tiempo que pasa... y que marchita la belleza.
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