TODOS LOS ARTÍCULOS

Una Mujer en Malvinas “Era la guerra: no paraban de entrar y salir heridos”

Dice una antigua creencia marinera que las mujeres a bordo de un barco traen mala suerte. Durante la guerra de Malvinas, la tripulación del buque rompehielos Almirante Irízar no pensó eso. En realidad, si uno se cruzara por la calle con Silvia Barrera (51), no reconocería en esa mujer -madre de cuatro hijos: Gonzalo (25), Emiliano (23), Paloma (16) y Miranda (10)- a una veterana de la Guerra de Malvinas. En otras palabras: a una mujer que estuvo expuesta a los bombardeos de la aviación inglesa durante el conflicto del Atlántico Sur y que fue una de las encargadas de curar y asistir a los soldados heridos en los combates.

Hace 30 años que Silvia trabaja en el Hospital Militar Central en donde inicialmente se desempeñaba como instrumentadora quirúrgica. En la actualidad, alejada de los quirófanos, trabaja en el área administrativa.

El 2 de abril había quedado atrás y la guerra con Gran Bretaña era un hecho. Silvia tenía 22 años y era personal civil del Ejército Argentino. “La causa Malvinas es algo que tenemos inculcado desde siempre. Yo la tenía muy incorporada y además provenía de una familia militar”, dice. Por eso, no dudó un segundo y envío la solicitud de voluntaria para ir como instrumentadora.

“Malvinas fue mi oportunidad de hacer algo importante, de dejar mi marca y de dejarme marcar por la historia. Me dije: éste es mi momento”, recuerda. De las veinte que se habían postulado solo quedaron seis.

Corría junio y para entonces, los combates recrudecían. Ya habían hundido al Crucero General ARA Belgrano y la seguridad para entrar en zona de conflicto era muy estricta. En aquel entonces, Silvia llevaba el pelo muy largo y decidió algo práctico: se lo cortó casi al ras. Así lo sigue llevando hoy, aunque algo más crecido.

Rumbo al sur

“Había sido todo muy vertiginoso. Yo no estaba acostumbrada a los borceguíes ni sabía mucho de jerarquías. Mi papá me ayudó a prepararme. El apoyo de mi familia fue decisivo”, relata.

El 7 de junio de 1982, a las seis de la mañana, seis mujeres uniformadas llegaron al Aeropuerto Jorge Newbery y subieron a un avión de línea que las llevó a Río Gallegos. Eran, además de Silvia, Susana Maza, María Marta Lemme, Norma Navarro, María Cecilia Ricchieri y María Angélica Sendes.

En Río Gallegos las esperaba un jeep que las llevó a lo largo de 270 kilómetros al puerto de Punta Quilla. Desde allí partió el helicóptero que las depositó en el rompehielos Almirante Irízar, acondicionado como buque hospital.

Tardaron dos días en llegar a Malvinas. Primero se debió acreditar que el barco cumplía con las normativas previstas por la Corte Internacional de La Haya. Más adelante, se detuvieron para proveer de sangre al buque hospital inglés Hydra. Ellos estaban teniendo muchos heridos y su stock se había acabado.

Finalmente, cuando Puerto Argentino estuvo a la vista, Silvia y sus colegas miraron a la distancia las calles y las casas de la ciudad a la que no podrían acercarse: Luis Prado, el capitán de fragata, les comunicó que no podrían bajar a tierra. En definitiva, no reforzarían la dotación del Hospital Militar Malvinas. Se quedarían, en cambio, de servicio en el Irízar. “Nos enfurecimos. Nosotras queríamos bajar, para eso habíamos ido. Pero era una orden. La verdad era que Puerto Argentino no tenía calado y el barco no podía entrar”, aclara Silvia.

En el plano bélico, la situación empeoraba día a día y los alrededores del barco eran permanentemente recorridos por los destructores ingleses. Estaban en el peor momento, los bombardeos se intensificaban, pero “nosotras nos decíamos que no teníamos miedo, debía ser por la adrenalina”. Lo cierto fue que las sometieron a los exámenes bucales de rigor para los registros de reconocimiento en el caso de que murieran en combate.

Desahogo y contención

“La mujer todavía no había sido incorporada a las Fuerzas Armadas y los hombres no estaban acostumbrados a trabajar con nosotras. Al principio nos sentíamos unas extraterrestres. Pero enseguida nos incorporamos y fuimos uno más”, asegura Silvia.

Ella fue asignada a terapia intensiva, María Marta a cirugía general, Susana a cardiovascular, Norma y Celia a traumatología y María Angélica a oftalmología. El buque contaba con dos salas de terapia intensiva, tres quirófanos, una sala de terapia intermedia y dos de terapia general, además de laboratorios, sala de quemados y de radiología.

“Los bombardeos se veían en el cielo como destellos, como si fueran fuegos artificiales. Realmente caí en la cuenta de que estaba en una guerra cuando empezaron a traer los soldados heridos y vimos lo que esas luces le hacían a los hombres. Pensé: ‘¡Pucha, esto me puede pasar a mí!´ Éramos instrumentistas y lo que pasaba alrededor nuestro era la guerra”, dice y parece que vuelve a estremecerse. Durante esos días que estuvieron en alta mar, frente a las islas, atendieron a unos 700 heridos.

En un cuadro de tensión que no daba respiro, no paraban de entrar y salir heridos. El viento provocaba un oleaje incesante que obligaba a las seis muchachas a vivir a pan y papa, una vieja medicina marinera contra los mareos. Debido al clima, los soldados eran trasladados desde las islas en barcos pesqueros y remolcadores. Todos se sorprendían al ver mujeres cuando los subían al Irízar.

Además de las tareas de instrumentación quirúrgica, ellas se ocupaban de registrar a los heridos que iban llegando, especialmente a los que venían del campo de batalla sin la chapa de identificación. “Algunos tenían encima muchos días de trinchera. Estaban sucios, con tierra, barro, turba, una mezcla muy pegajosa. Comparado con el quirófano de todos los días era muy diferente, aunque las heridas fueran parecidas. Normalmente, no teníamos contacto con los pacientes: ellos entraban dormidos y se iban dormidos. Allá fue distinto”, precisa.

Aquellas jovencitas se transformaron en enfermeras, consejeras y confidentes de las penas de esos hombres que necesitaban desahogo y contención.

“No querían hablar de los combates. Eso se lo guardaban. Pero los heridos veían en nosotras a sus madres, a sus hermanas, a sus novias. Tenían la necesidad de hablar sobre sus familias o simplemente de contar anécdotas. A veces, nos pedían que les escribiéramos las cartas que querían mandar aunque no tuvieran las manos heridas. Necesitaban que los mimemos”, deduce.

Las secuelas

El ajetreo que implicaba la tarea diaria mantenía a Silvia y las demás permanentemente ocupadas, al punto de que durante esos diez días que pasaron en el Irízar apenas durmieron. “Todas quedamos con un trastorno de sueño. Allá nos acostumbramos a estar medio eléctricas”, dice como explicándoselo.

Para ella, ahora, conciliar el sueño no es un problema. Pero, por ejemplo, si se duerme habiendo dejado la radio puesta, al despertar puede recordar absolutamente todo lo que se dijo.

Otro efecto que se encasilla dentro del Síndrome de estrés postraumático incluye el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). “Soy maniática del orden. Dos de mis compañeras de trabajo, que estuvieron en Malvinas, también lo padecen. Otra de ellas tiene cuadros de gran depresión. Todos quedamos afectados de alguna manera. Entre los veteranos hay muchos hipertensos y un gran cantidad de diabéticos”, agrega.

Tensión, ansiedad e incertidumbre componían el cóctel que afectaba a cada uno de los que estaba en el buque. El golpe de remate anímico llegó con la rendición. La congoja se apoderó de todos. Los hombres lloraban sin consuelo. “Cuando se firmó el cese de hostilidades, fue muy duro, especialmente para los militares de carrera. Esa noche algunos fueron a misa, otros a la cubierta. Estábamos todos muy afligidos. Fue el momento más triste”, recuerda.

El regreso

Cuando se firmó la rendición, toda la tripulación quedó bajo la condición de prisionero de guerra y el barco no podía zarpar. “Cuando los ingleses subieron a bordo, los muchachos de la Armada trataron de que ellos no nos vieran. Nos confiscaron rollos de fotos y algunas otras cosas pero, como estábamos instrumentando en la sala de operaciones y no podían entrar allí, prácticamente no tuvimos contacto con ellos”, relata Silvia.

El Irízar pudo zarpar el 17 de junio. Al día siguiente llegaron a Comodoro Rivadavia, en donde evacuaron a los heridos hacia el hospital local y a ellas las alojaron en el hotel Rada Tilly, bastante alejado de ciudad. “Tuvimos que protestar para que nos dejaran ir a ver a nuestros heridos”, recuerda.

Entonces, no solo se ocuparon de su salud sino también de contactarse con sus familias avisándoles cómo estaban. Después fueron llevadas al aeropuerto y la noche del 20 de junio volvieron a sus casas: “Era el Día del Padre y el Día de la Bandera. No me lo olvido más”, asegura.

El fin de la guerra mostró entonces su faceta más triste. “Yo sentí en carne propia eso de la ‘desmalvinización’. Es un dolor difícil de explicar”, cuenta.

A diferencia de otras veteranas, Silvia pertenece al grupo de los que pudieron recomponerse. Se casó y tuvo esos cuatro hijos “que me hacen valorar más la vida”, dice, a pesar de que “ellos no entienden cómo me alisté como voluntaria para ir a la guerra”.

Ella y las camaradas con las que compartió la experiencia en el Irízar años después ganaron un concurso con un trabajo teórico sobre “Instrumentación quirúrgica en heridas de guerra y armas de fuego”. La experiencia adquirida en el plano profesional resultó tan profunda como la del plano emocional. “A todas nos quedó como asignatura pendiente pisar el suelo de Malvinas. Sin embargo, estoy segura de que lo voy a hacer. Sé que solo tengo que esperar el día”.

Por: Lucía Tornero / Especial para Clarín Mujer

Post anterior Próximo post

También podría gustarte